En medio de la
cotidianidad urbana,
la prisa por llegar,
la prisa por partir.
El ansia.
Sin la que podemos estar en paz
cada momento.
La real paranoia,
los perseguidores y acechadores
no están en mi imaginación.
Están en el bolsillo,
en la tarjeta de crédito y el celular.
Están al final de la fila
y al final del mes.
En el buzón y el parabrisas.
Hasta en el pinche feisbuc.
El Coco y el Chupacabras
que salen en la tele
y que no hacen el menor caso,
impiden
hacerles frente.
La vorágine
que no te deja escuchar
a la mujer que llora
en el asiento de al lado en el camión,
al anciano que no puede
cambiar el neumático
ni al niño
que volverá a cenar cemento.
El pan
que cada vez se siente
mejor ganado,
aunque sea por los peores motivos.
El circo
que ponen frente a los ojos
para que impida reconocer
a los dueños del dedo
que estorba para comer.
La culpa
que inculcan desde el púlpito
de sus buenas costumbres
y que hace merecedores
de toda su mierda
a todos.
La vorágine
que rodea y apabulla,
eso sí,
parece ser
muy cómoda.
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